Herederos del colonialismo: ¿quién teme a lo indígena?

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Autor: Lucero Lopez
discriminación

A pesar de ser un país con diversidad y riqueza multicultural, el racismo persiste en la cotidianidad peruana. Casos como los de Alejandra Argumedo en el Metropolitano o Jorge Silva en la SUNAT no son incidentes aislados; son un reflejo profundo de cómo, en el día a día, hemos aprendido a mirar, valorar o rechazar al otro.

1. Herencia Colonial, Eurocentrismo y la Formación del Ideal de Blanquitud

El racismo en el Perú constituye una estructura histórica profundamente enraizada en el orden colonial. El sistema de castas virreinal estableció una jerarquía racial donde la blancura se institucionalizó como el eje del poder, la civilización y el estatus social. Siguiendo a Quijano (2000), esta clasificación social, basada en la noción de raza y articuladora de las relaciones de explotación, persiste como la colonialidad del poder incluso en el marco de sociedades formalmente poscoloniales. En este contexto, la blanquitud opera como una categoría cultural y simbólica, mediando el acceso a la educación y al capital económico a través de la proximidad con los valores y códigos culturales europeos. De la Cadena (2000) precisa que el mestizaje funcionó como un mecanismo de blanqueamiento simbólico, donde la asunción de la “modernidad” implicaba el distanciamiento y la negación de lo indígena, sentando las bases de una modernidad peruana construida sobre la exclusión de su propia diversidad.

Historia

2. El Mestizaje como Ficción Integradora del Estado-Nación

Tras la consecución de la independencia, el Estado peruano adoptó el mestizaje como el discurso oficial de la unidad nacional. No obstante, este operó primariamente como una ficción integradora más que como un mecanismo de inclusión real. Mariátegui (1928) ya advertía que el “problema del indio” residía esencialmente en la estructura económica y social, y no en factores de raza o cultura. Quijano (1999) argumenta que el mestizaje se instrumentalizó como un dispositivo de blanqueamiento nacional, imponiendo la cultura criolla como el patrón normativo de la ciudadanía moderna. Aunque la hibridación cultural es un proceso innegable, como lo analiza García Canclini (1990), esta no anula las relaciones de poder, sino que las reconfigura. En el caso peruano, el mestizaje no resolvió la desigualdad estructural, sino que la encubrió bajo la retórica de un ideal de Estado-nación homogéneo.

3. Blanquitud Aspiracional y Movilidad Social

En el Perú contemporáneo, la blanquitud continúa siendo un capital simbólico que define el estatus social y facilita la movilidad. Rojas (2018) la conceptualiza como “una forma de aspirar a pertenecer a un grupo social privilegiado mediante la imitación de sus códigos culturales”, lo que se denomina blanquitud aspiracional. El persistente deseo de “mejorar la raza”, según Portocarrero (2007), refleja la vigencia de jerarquías raciales donde la apariencia fenotípica funciona como un marcador y símbolo de éxito. Restrepo (2014) lo confirma al sostener que la blanquitud opera como un capital simbólico que facilita el reconocimiento social. Este fenómeno reproduce de manera silenciosa las desigualdades que el proyecto republicano formalmente buscó superar.

blanquitud aspiracional

4. La Vergüenza Cultural como Resultado de la Dominación Simbólica

La vergüenza cultural se manifiesta en el rechazo o el ocultamiento de los orígenes étnicos, tales como la modificación de apellidos, la omisión del quechua u otras lenguas originarias, o el esfuerzo por asimilarse a los códigos hegemónicos para alcanzar la aceptación social. De la Cadena (1995) postula que esta negación es la consecuencia directa de siglos de dominación simbólica. Desde la perspectiva de Bourdieu (1991), esta dinámica deriva de la violencia simbólica, mediante la cual los grupos subalternos interiorizan los valores de los dominadores, transformando la discriminación externa en autodesprecio. Silva Santisteban (2016) añade que esta vergüenza es estructural, pues las instituciones estatales y los medios de comunicación refuerzan la asociación de lo moderno y exitoso con el ámbito urbano y blanco, perpetuando así el silenciamiento de la diversidad.

5. El Rol de los Medios de Comunicación en la Reproducción del Racismo

Los medios de comunicación masiva peruanos desempeñan un papel crucial en la reproducción del racismo estructural, al privilegiar sistemáticamente rostros, acentos e imaginarios asociados con lo limeño y criollo, y al mismo tiempo, invisibilizar o estereotipar las identidades indígenas y afroperuanas. Alfaro (2013) subraya que los medios “han reforzado un imaginario nacional donde lo blanco se asocia con el éxito y lo indígena con la marginalidad”. La representación mediática del indígena, según Correa Aste (2015), es a menudo paternalista o folclorizada. En la óptica de Hall (1997), las representaciones no son neutrales, sino mecanismos de poder que configuran identidades y jerarquías sociales. Evidencia de ello es el dato del Ministerio de Cultura (2022) que indica que el 45% de los programas de televisión reflejan estereotipos raciales. En consecuencia, los medios peruanos no solo reflejan prejuicios, sino que los legitiman y los naturalizan en el sentido común.

el racismo en los medios

6. Límites del Estado en la Integración de la Diversidad

A pesar de los discursos oficiales que promueven la interculturalidad, el Estado peruano sigue reproduciendo estructuras centralistas y excluyentes. De la Cadena (2000) sostiene que el Estado “ha incorporado a los indígenas solo en tanto campesinos, negando su diferencia cultural y política”. La I Encuesta Nacional del Ministerio de Cultura (2018) reveló que el 53% de los encuestados perciben a los peruanos como racistas, y más del 50% manifestó haberse sentido discriminado, siendo los hospitales públicos (22%), las comisarías (19%) y las municipalidades (14%) los principales escenarios de esta experiencia. Hernández Asensio (2011) argumenta que las políticas de inclusión a menudo son simbólicas y no logran modificar las estructuras. Los límites del Estado radican, por tanto, en su incapacidad para adoptar la diversidad cultural como un principio fundamental de la ciudadanía y la gestión pública.

7. El Sistema Educativo y la Perpetuación del Eurocentrismo

El sistema educativo peruano funciona como un vector de la reproducción del eurocentrismo y la marginalización de la diversidad cultural. La enseñanza de la historia y los valores se concentra en una narrativa occidental y centralizada en Lima, minimizando o excluyendo los aportes de los pueblos originarios. Zavala (2018) explica que la educación “ha contribuido a la construcción de jerarquías lingüísticas y raciales” al instaurar el castellano como el idioma privilegiado. A pesar de la existencia de 26,862 instituciones de Educación Intercultural Bilingüe que atienden a 1,239,389 estudiantes (Ministerio de Educación, 2024), persisten deficiencias estructurales en su implementación y alcance. Walsh (2002) aboga por una educación intercultural descolonizadora que reconozca e incorpore los conocimientos ancestrales, lo que hace de la reforma educativa un elemento estratégico para desmantelar las estructuras simbólicas del racismo.

el racismo en los medios

8. Resignificación de la Identidad Indígena en Movimientos Culturales Juveniles

Como forma de resistencia al racismo estructural, diversos movimientos culturales juveniles urbanos están promoviendo una revalorización activa de las raíces indígenas. Estas expresiones, que abarcan desde el rap andino hasta la moda con elementos quechuas, articulan nuevas modalidades de orgullo étnico. Ferreira (2019) indica que las juventudes indígenas y mestizas están “reapropiándose de los signos de su identidad para disputar el sentido de lo peruano”. Este fenómeno, según Reguillo (2000), es un proceso de “construcción de ciudadanía cultural” mediante la transformación de espacios de exclusión en plataformas de visibilidad política y estética. Durand (2021) interpreta estas prácticas como un “giro decolonial juvenil” que busca romper con la internalizada vergüenza cultural. En este contexto, el espacio urbano se transforma en un territorio de resistencia identitaria.

Fuentes